La ira

Nuestras emociones aparecen con el propósito de darnos una información sobre cómo vivimos e interpretamos lo que nos sucede. Cada una de ellas trata de transmitirnos una dirección que seguir, un análisis personal.

Algunas de ellas tienen mala fama o son falsamente etiquetadas como negativas debido a la incomodidad e impacto que generan. Es el caso de la ira, una de las emociones principales y más necesarias en nuestra vida cotidiana.

Cuando aparece el enfado, la información que nos quiere comunicar es que algo no nos gusta. Puede ser una emoción intensa o leve, pero rara vez nos deja indiferentes. Es una forma de posicionarnos ante lo que sucede, como si algo en nuestro interior quisiese dejar claro que no remamos a favor de lo que se dice o hace (aunque no siempre la dejamos salir al exterior.)

Cuando aparece el enfado, la información que nos quiere comunicar es que algo no nos gusta. Puede ser una emoción intensa o leve, pero rara vez nos deja indiferentes. Es una forma de posicionarnos ante lo que sucede, como si algo en nuestro interior quisiese dejar claro que no remamos a favor de lo que se dice o hace (aunque no siempre la dejamos salir al exterior.)

Sin embargo, esta activación fisiológica que se coordina en segundos, puede canalizarse y gestionarse con análisis y pausa. Se trata de reconocer elementos habituales que detonen nuestro enfado, así como generar recursos que poner en marcha para disminuir nuestra necesidad de defendernos.

Aunque el enfado es una emoción que solemos exteriorizar sin demasiada resistencia, hay personas que tienden a guardarse su malestar y silenciarla por: temor a generar un conflicto o por pensar que lo hará de una forma descontrolada.

Cuando se activa la ira, ya existe, por definición, un conflicto, ya que algo no está bien para nosotros. Lo que hacemos al exteriorizar nuestro enfado es rebajar esa emoción y evidenciar que se necesita hacer un ajuste para que ambas partes puedan volver a sentirse a gusto. Si no transmitimos al otro que algo que ha ocurrido nos ha disgustado, corremos el riesgo de volver a vivirlo en el futuro.

Si pensamos que nuestra forma de reaccionar ante la ira es impulsiva, descontrolada, desmedida o incluso violenta es especialmente importante trabajar en ello. Silenciar esta emoción sólo genera mayor malestar, miedo, culpa e inseguridad hacia nosotros mismos.

En contraposición, el enfado puede ser la emoción que salga al exterior por ser más sencilla de manejar. En muchas ocasiones, debajo del enfado y protegiéndolas de lo que pueda recibir, coexisten otras emociones que nos hacen sentir más vulnerables, como el dolor, la tristeza, el miedo o la culpa.

Un ejemplo muy claro de esto se ve en los niños. Cuando un niño se enfada con mucha frecuencia o intensidad habitualmente está enmascarando otras emociones que aún no ha aprendido a gestionar. Si se sienten tristes, inseguros o avergonzados es habitual que busquen protegerse detrás de una emoción que les de apariencia de fortaleza. Esta fachada les da un espacio en el que recomponerse hasta adquirir las herramientas para enfrentarse al conflicto.

Si durante nuestro desarrollo no adquirimos estas herramientas llegaremos a la etapa adulta ocultando nuestras emociones más sensibles detrás de la fortaleza que nos da la ira. Recordemos que el enfado nos aporta vigor, determinación. Con estas cualidades hay momentos en que nos sirve para poder enfrentarnos a situaciones que de otra manera nos resultaría más complicado.

Cuando sentimos ira es fundamental detenernos, buscar calmarnos para poder reflexionar y dar la respuesta más adecuada, ya sea mostrar nuestro desacuerdo, marcar límites o hacer peticiones de cambio o solución. El enfado es una emoción de activación rápida y respuesta muchas veces impulsiva, es por ello que debemos poner mucha atención e intención en calmar la intensidad de nuestro malestar.

Guardar silencio inicialmente, respirar hondo, relajar nuestra postura corporal y darnos unos segundos para pensar en lo que no nos ha gustado, ajustando el discurso a detalles concretos para facilitar la identificación de lo que debemos cambiar, son algunas pautas para ayudarnos a estabilizarnos de nuevo.

No es lo mismo responder “contigo no se puede hablar” si no nos escuchan que “me irrita mucho no poder explicarte cómo me ha ido si me sigues preguntando”. Del mismo modo, no es igual recibir “tú lo que tienes que hacer es…” y que respondamos “qué fácil es decirlo desde tu posición”, que decir “no me gusta que me digas lo que hacer, prefiero elegir el camino que seguir por mí mismo”.

Analizar en detalle qué es lo que no nos ha gustado: el tono de voz, la rapidez para zanjar una conversación que para ti comienza, las palabras que se han utilizado, que se invaliden tus emociones u opiniones, que no se te haya preguntado/consultado, etc, es fundamental para que nuestra respuesta asertiva ante ese conflicto sea lo más ajustada posible.

El enfado puede llevar a la violencia física, generalmente si se ha crecido en un ambiente donde se han normalizado comportamientos violentos para canalizar esta emoción. Sin embargo, la ira sólo transmite lo que no está bien para nosotros y no lo que decidimos hacer con esa frustración, rabia o malestar si las cosas no se dan como esperábamos. No elegimos enfadarnos, pero sí cómo nos comportamos ante ese enfado.

Sentir ira no es ser violentos física ni verbalmente. La ira es responder emocionalmente con desagrado, rechazo o incomodidad a lo que sucede. Canalizar nuestro enfado expresándonos asertivamente no sólo ayuda a evidenciar un problema, sino que también rebaja nuestro malestar y hace que sea más probable resolverse a futuro si se pone voluntad en ello.

Enfadarse es identificar lo que no nos gusta individualmente, transmitirlo correctamente y pedir modificaciones, entendiendo que lleva un proceso tanto de asimilación por parte del otro, como de adecuación y valoración de aproximaciones que se lleven a cabo, por nuestra parte. Hasta llegar a estos acuerdos es habitual que existan discusiones o debates para ajustar y hacer realistas los cambios pertinentes.

El diálogo y la ira son compatibles, aunque no todos tenemos la misma capacidad para ajustar esta emoción a una conversación, si aún es muy intensa. Es importante dar tiempo al otro para calmar su enfado y retomar el tema conflictivo acordado previamente. Es difícil que la ira desaparezca si no se habla de lo que la ha provocado y se busquen soluciones que lo cambien.

Por todo esto, la ira es una gran informadora y aceleradora de cambios ante lo que no nos gusta, para no acomodarnos a situaciones o comentarios que tienen un impacto negativo en nosotros.

Cuatro palabras nos pueden ayudar al anclaje de cómo actuar frente a la ira: calma, conciencia, comunicación y cambio. Transmitir adecuadamente nuestra ira es nuestra responsabilidad, de ello dependerá en gran medida que exista un cambio a futuro que minimice nuestros enfados siguientes.

Scroll al inicio